En una pension alemana

En una pension alemana

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Con grandes remordimientos de conciencia por no disponer ni de un álbum de apuntes, estaba tendida al pie de un árbol siguiendo las evoluciones y escapadas de los vencejos en el aire refulgente, y preguntándome si todos aquellos perros de pelaje obscuro que había tumbados en la hierba serían de los jóvenes pintores, cuando cruzó ante mí una pareja con las cabezas inclinadas sobre un libro. Había algo vagamente familiar para mí en su modo de andar, y de pronto se me quedaron mirando, nuestras miradas se encontraron y quedamos boquiabiertos. Ella vino a mi lado y él se quitó su inmaculado sombrero de paja, poniéndoselo bajo el brazo.

—¡Katherine! ¡Qué cosas más extraordinaria! ¡Si parece imposible después de tantos años! —exclamó ella. Y volviéndose hacia él añadió—: Guy, ¿será posible? Katherine en Brujas, precisamente en Brujas.

—¿Y por qué no? —dije, mostrándome muy animosa, mientras trataba de recordar su nombre.

—Pero, querida, si la última vez que nos vimos fue en Nueva Zelanda... a no sé cuántas millas de aquí.

Naturalmente, era Betty Sinclair. Habíamos ido juntas al colegio.

—¿Dónde te hospedas? ¿Llevas mucho tiempo aquí? Ah, no has cambiado nada, absolutamente nada. Donde te hubiese encontrado te hubiera reconocido.


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