En una pension alemana
En una pension alemana —Debe de haber agua en la tuberÃa, Anne —dijo. Y tras breve pausa insistió de nuevo—: Anne, tiene que haber agua en la tuberÃa.
Otro silencio seguido de una verdadera explosión de energÃa.
—SÃ, eso es, estoy segura.
Anne, ante la máquina, frunció el ceño. «Me ataca los nervios —pensó—, esa manÃa de repetir tanto las cosas. Y siempre cuando no hay posibilidad humana de evitarlo. Sin duda es cosa de la edad, pero resulta molestÃsimo.» Luego en voz alta:
—Mamá, voy a dejar un buen dobladillo en el vestido de Rose. Ha dado últimamente tal estirón... y no pongas encaje a Helen en las mangas. SerÃa hacer una distinción, y además tiene tan poco cuidado... No le importa coger cualquier cosa con las manos, hasta lo más repugnante.
—Pero si hay mucho —dijo la anciana—; lo pondré un poco más arriba.
Se preguntaba por qué Anne tenÃa tanta pelusilla con Helen. Y a Henry le ocurrÃa lo mismo. ParecÃa que siempre trataban de herirla. Eso de la distinción sólo era una excusa.