En una pension alemana
En una pension alemana —Bueno —dijo la señora Carsfield—, tú no ves la ropa de Helen cuando se la quita por la noche. En una semana la pone negra de los pies a la cabeza. Y, si le enseño la de Rose para que vea la diferencia, se encoge de hombros y se pone a tartamudear. Ya sabes esa costumbre que ha cogido. Quisiera que el doctor Malcolm la viniera a ver para eso de la tartamudez. Aunque sólo fuera para darle un buen susto. Creo que no es sino un amaneramiento que ha contraÃdo en el colegio y que si quiere puede evitarlo.
—Pero, Anne, si ha tartamudeado siempre, recuérdalo. Y a ti te pasaba lo mismo a su edad. Es muy nerviosa.
La anciana se quitó las gafas y las empañó con el aliento para frotarlas con una punta de su delantal de labor.
—Bueno —replicó Anne, sacudiendo un vestido verde y quitando los hilvanes del dobladillo con la aguja—. Lo peor para ella serÃa que llegara a creer eso. Se la trata exactamente igual que a Rose. Y el nene tampoco es nervioso. ¿Te fijaste hoy cuando le monté por primera vez en el caballito balancÃn? De puro contento hacÃa gorgoritos. Cada dÃa se parece más a su padre.
—SÃ, es Carsfield de los pies a la cabeza —asintió la anciana, corroborándolo con movimientos de cabeza.