En una pension alemana

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—Además hay otra cuestión respecto a Helen —añadió Anne—. Esa manera que tiene de tratar al nene. Se le queda mirando como si quisiera asustarle. ¿Te acuerdas de que, cuando tomaba el biberón, solía quitárselo para ver lo que hacía? En cambio Rose se porta perfectamente con la criatura. Pero Helen...

La anciana dejó su labor sobre la mesa. Hubo un breve silencio, durante el cual resonó fuertemente el tictac del reloj. Tenía ganas de decirle a Anne de una vez y para siempre lo que opinaba sobre el modo en que ella y Henry trataban a Helen. Decirle que la estaban echando a perder. Pero el ruidoso tictac la distrajo y no pudiendo hallar las palabras adecuadas se quedó ahí sentada con aire estúpido, sintiendo resonar dentro de su cerebro aquel persistente tictac.

—Cómo suena ese reloj —fue lo único que dijo.

«Bueno, ya se ha salido mamá por la tangente. Ni me ayuda ni me alienta nunca», pensó Anne. Y, mirando la hora, dijo en voz alta:




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