En una pension alemana

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—Mami, déjame ir contigo a probar la salsa —suplicó Rose.

—Hum —murmuró el médico—. Que te vaya bien.

Se instaló en un banco del jardín con los pies en alto y se quitó el sombrero «para darle al sol una ocasión —dijo a Helen— de hacer brotar la segunda cosecha».

La niña preguntó muy seria:

—Doctor, ¿de veras le gusta mi vestido?

—Claro que sí, señorita. ¿A ti no?

—Sí, lo llevaría toda la vida; pero resultan tan molestas las pruebas, ¿comprende?, y tira de aquí, y no hagas eso. Creo que mamá me mataría si lo estropeara. He tenido que arrodillarme sobre la enagua durante todo el tiempo que estuvimos en la iglesia, porque el almohadón tenía polvo.

—¿Tan mal están las cosas? —preguntó el médico haciendo rodar sus pupilas.

—Oh, peor que mal —exclamó la niña. Y se echó a reír gritando—: ¡Horribles! —mientras saltaba sobre el césped.

—Cuidado, que te van a oír.

—Bah. ¿Qué es, si no un viejo y cochino casimir? Se lo merecen. Y como no están aquí no pueden verme, así que no importa. Es sólo estando con ellos cuando me pongo tonta.


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