En una pension alemana

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—¿No tenías que quitarte esos lujos antes de comer?

—No, porque usted está aquí. —Ya me lo estaba diciendo el corazón —gimió el doctor.

Se sirvió el café en el jardín. La criada sacó unas sillas de mimbre y una esterilla para el nene. Mandaron a las niñas que se fueran a jugar.

—No molestes más al doctor, Helen —ordenó Henry—. No tienes que ser pesada con las personas que no forman parte de tu propia familia.

Helen se enfurruñó un poco, y, para consolarse, se fue despacito hacia el columpio. Allí se puso a mecerse con fuerza, diciéndose que el doctor Malcolm era el hombre mejor del mundo y preguntándose si el perro habría dado fin al plato de huesos en el patio trasero.

Decidió ir a verlo, y, disminuyendo el vaivén del columpio, saltó. La falda quedó prendida de un clavo y se oyó el estridente sonido de la tela al rasgarse. Rápidamente miró hacia donde estaban los demás; no parecían haberse dado cuenta de nada. Luego, volvió los ojos hacia el vestido; tenía un roto por el que se podía meter la mano. No se sintió ni asustada ni arrepentida. «Iré a mudarme», se dijo.

—Helen, ¿a dónde vas?

—Adentro, a buscar un libro.


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