En una pension alemana
En una pension alemana La anciana observó que la niña se sujetaba la falda de un modo muy particular; sin duda se le habría soltado la cinta de la enagua. Pero no dijo nada. Cuando la niña se encontró en su habitación, se desabrochó el vestido, se lo quitó y se puso a pensar en lo que haría. «Lo mejor es esconderlo en cualquier sitio», se dijo, echando una mirada en derredor. Pero no había ningún sitio donde ellos no pudieran encontrarlo, a no ser encima del armario. Mas ni subiéndose en una silla pudo tirarlo tan alto. Aquel trapo horrible y odioso se le venía encima cada vez que lo intentaba. Los ojos se le encandilaron de pronto al ver la cartera de ir al colegio colgada de un boliche de la cama. Lo envolvió en el delantal escolar y lo puso en el fondo, colocando encima el estuche de los lápices. No se les ocurriría mirar ahí.
Y se volvió al jardín con el vestido de diario. Pero olvidó coger el libro.
—¡Oh! —exclamó Anne, sonriendo con ironía—. Otro tanto a favor del doctor Malcolm. Mira, mamá; Helen ha ido a cambiarse de traje sin necesidad de decírselo.
—Ven aquí, hija, que te arregle un poco —dijo la anciana a Helen, y luego en voz baja—: ¿Dónde dejaste el vestido?
—Lo dejé al pie de la cama; donde me lo quité.