En una pension alemana

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El doctor estaba hablando con Henry sobre la conveniencia de que los hijos de los hombres de negocios fueran educados en escuelas particulares; pero seguía con los ojos la escena, sin perder de vista a Helen. Y aquello le olió mal, pero que muy mal. Y se dijo: «Aquí hay gato encerrado. No sólo uno; toda una familia gatuna.»

En la casa reinaban el tumulto y la consternación. Había desaparecido uno de los verdes vestidos de casimir. Se había esfumado sin dejar rastro alguno, en el breve tiempo transcurrido entre el momento en que Helen se lo quitó y el té de las niñas.

—Helen, muéstrame el sitio exacto donde lo dejaste —insistía la señora Carsfield por vigésima vez—: Y dime la verdad.

—Mami, te juro que lo dejé en el suelo.

—Bah, no sirve de nada que lo jures si no está allí. Nadie lo ha podido robar.

—Cuando subí a mudarme, vi a un hombre muy raro con una gorra blanca, que se paseaba por la carretera arriba y abajo mirando las ventanas.

Anne miró a su hija con mirada penetrante.

—Vamos —dijo—. Ya veo que estás diciendo mentiras —y volviéndose hacia la anciana añadió con tono en que había algo de orgullo y de regocijo—: Mamá, ¿has oído ese cuento chino?


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