En una pension alemana
En una pension alemana Cuando llegaron a los pies de la cama, Helen se puso encarnada y se apartó de ellas. Sentía constantemente deseos de gritar: «Lo rompí, lo rompí», y se les quedaba mirando como si ya lo hubiera dicho y quisiera ver la cara que ponían. Igual que cuando soñaba en la cama que estaba levantada y vestida. Pero a medida que avanzaba la tarde se fue sintiendo menos inquieta. Sólo una cosa la alegraba: el pensar que se tendrían que ir todos a dormir. Rencorosa, se puso a mirar el sol que resplandecía en el hueco de la ventana y proyectaba el dibujo de las cortinas sobre el suelo desnudo del cuarto de las niñas. Luego a Rose que, sentada en la mesita, pintaba unas letras teniendo a su lado una huevera llena de agua para ella sola.
Antes de irse a la cama Henry visitó la alcoba de las niñas. Helen lo oyó entrar, haciendo crujir el entarimado, y se escondió entre las sábanas. Pero Rose la traicionó.
—Helen no está dormida —dijo con chillona vocecilla.
Henry se sentó junto al borde de la cama tirándose del bigote.
—Helen: si no fuera hoy domingo te daría una azotaina. Pero como lo es y mañana por la mañana tengo que ir a la oficina, lo dejaré para después del té de la tarde. ¿Me has oído? Te voy a dar una buena.
Ella replicó con un gruñido.