En una pension alemana

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—Dime: ¿amas a tu padre y a tu madre?

Silencio.

Rose le dio a Helen con el pie.

—Bien —exclamó Henry, dando un profundo suspiro—. Al menos amarás a Cristo.

—Rose me ha arañado una pierna con la uña del dedo gordo —fue la respuesta.

Henry salió de la habitación disparado y se tiró en su propia cama, poniendo las botas sobre el almohadón almidonado que había a los pies. Anne lo vio, pero estaba tan abrumado, que no se atrevió a protestar. También estaba en la alcoba la anciana, quitando con el peine los cabellos adheridos al cepillo de Anne. Henry les contó lo ocurrido y se sintió recompensado al ver lágrimas en los ojos de Anne. La abuela dijo solamente:

—A Rose le toca arreglarse las uñas el sábado que viene después del baño.

A medianoche Henry dio un codazo a su mujer.

—Se me ha ocurrido una cosa —dijo—. Malcolm es el que ha armado este lío.

—No... ¿Cómo...? ¿Por qué...? ¿Qué es lo que ha armado?

—Lo de los dichosos vestidos verdes.

—No me extrañaría nada —pudo articular, mientras pensaba: «La que iba a armar él si yo le despertara para decirle una idiotez semejante.»


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