En una pension alemana

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—¿Está en casa la señora Carsfield? —preguntó el doctor Malcolm.

—No, señor; ha salido de visita —replicó la criada.

—¿No anda por ahí el señor Carsfield?

—No, señor; nunca está en casa al mediodía.

—Acompáñeme a la sala.

La criada abrió la puerta de la sala y echó un vistazo al maletín del doctor. Hubiese querido que lo dejara en el vestíbulo... Al menos, aunque no lo abriese, hubiera podido palparlo por fuerza. Pero no lo soltaba de la mano.

La anciana estaba sentada en la sala con un ovillo de lana en el regazo, la cabeza caída hacia atrás y la boca abierta: dormía y roncaba muy bajito. Al ruido de los pasos del doctor, se incorporó sobresaltada y enderezándose la cofia.

—Ay, doctor, me ha cogido por sorpresa. Estaba soñando que Henry le había comprado a Anne cinco canarios pequeñitos. Haga el favor de sentarse.

—No, gracias, he entrado un momento nada más con la esperanza de cogerla a solas. ¿Ve usted este maletín?

La anciana asintió.

—Bueno, ¿qué tal maña se da usted para abrir maletines?


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