En una pension alemana
En una pension alemana —Ah, pues mi esposo viajaba mucho y yo misma me he pasado toda una noche en un tren.
—Pruebe a ver si abre éste.
La anciana se arrodilló en el suelo; sus dedos temblaban.
—¿No habrá dentro algo que le salte a uno a la cara? —preguntó.
—No tenga miedo, no la morderá —replicó el médico.
El resorte del cierre saltó y el maletÃn dio un bostezo con su boca desdentada. Al fondo, en lo más profundo, vio el verde vestido de casimir con la tira de encaje en el cuello y las bocamangas.
—¡Quién lo iba a pensar! —dijo la anciana apaciblemente—. ¿Puedo tomarlo, doctor?
No daba muestras ni de sorpresa ni de agrado, y Malcolm se sintió decepcionado.
—El vestido de Helen —dijo, inclinándose hacia ella, y alzando la voz añadió—: El atavÃo dominguero de esa joven peripuesta.
—No estoy sorda, doctor —replicó la anciana—. SÃ, ya veo que parece eso. Esta mañana precisamente se lo decÃa a Anne: «Ya aparecerá por cualquier parte» —sacudió el arrugado vestido y lo examinó detenidamente—. Todas las cosas aparecen tarde o temprano. He podido comprobarlo siempre... y es un gran consuelo.