En una pension alemana
En una pension alemana —¿Conoce a Lindsay, el cartero? Ulcera gástrica. Lo fui a visitar esta mañana. Lena le había llevado esto a casa. A ella se lo dio Helen cuando iban al colegio. Contó que la niña lo sacó de la cartera enrollado en el delantal, y le dijo que le había dicho su madre que lo regalara, porque no le sentaba bien a ella. Cuando vi el rasgón comprendí cuál era la baza a mi favor, como decía la señora Carsfield, y me dispuse al quite en un periquete. Cojo el vestido, compro un poco de tela en casa de Clayton y mando a mi hermana Bertha que lo cosa mientras como. Me imaginaba lo que estaría ocurriendo por estas latitudes... y sabía que usted estaría dispuesta a sacar de apuros a Helen, aunque sólo fuera por darle su merecido a Henry.
—Qué previsor es usted, doctor. Diré a Anne que lo he encontrado debajo de mi dolmán.
—Sí, es una buena idea.
—Aunque, sin duda, Helen hubiera olvidado mañana la azotaina. Y como además le había prometido yo una muñeca...
La anciana hablaba casi con aire apenado, y el doctor Malcolm cerró violentamente el maletín.
«¿A qué hablar más con este viejo pajarraco? —pensó—. No se ha enterado ni de la mitad de lo que he dicho. No parece haber sacado en limpio sino que Helen se quedará sin la muñeca.»