En una pension alemana
En una pension alemana Jo cabalgaba en cabeza. Llevaba una camisa de galatea azul, pantalón de pana y botas de montar. Se había anudado alrededor del cuello un pañuelo blanco moteado de rojo, que daba la impresión de haber servido para enjugar una hemorragia nasal. De su flexible de fieltro con anchas alas se escapaban mechones de cabello cano, y su bigote y cejas podía decirse que eran blancos. Iba ladeado en la silla y rezongando. Ni una sola vez había cantado en todo el día su estribillo:
No podía. Pues, ¿qué?, ¿no comprendes?,
estaba mi suegra delante de mí.
Desde hacía un mes no había cesado de cantarlo todos los días, y aquel silencio tenía ahora algo de siniestro. Jim cabalgaba a mi lado, blanco como un payaso. Sus ojos negros relucían, y con frecuencia sacaba la lengua para humedecerse los labios. Vestía una cazadora de lana y unos pantalones azules de dril, sujetos con un cinturón de cuero trenzado. Apenas si habíamos cruzado la palabra desde el amanecer. Por todo alimento comimos al mediodía unas galletas y unos albaricoques a la vera de un arroyuelo cenagoso.