En una pension alemana
En una pension alemana —Tengo el estómago como el buche de una gallina —dijo Jo—. A ver, Jim, tú que eres el más listo de la partida: ¿dónde está ese establecimiento de que has estado hablando? SÃ, sÃ, dijiste: «Sé dónde hay un establecimiento muy bien provisto con un pastizal para los caballos cruzado por un arroyuelo. Es de un amigo mÃo que te dará una botella de whisky antes de darte la mano.» Me gustarÃa ver eso; aunque fuera sólo por curiosidad. Y no es que dude de tu palabra, te conozco muy bien, pero...
Jim reÃa.
—No te olvides de que también hay una mujer, Jo. Una mujer de ojos azules y dorados cabellos, que te va a prometer algo más antes de darte la mano. Ahora mete eso en la pipa y fúmatelo.
—El calor te ha enternecido —dijo Jo.
Pero hincó las rodillas en los ijares del caballo. Seguimos penosamente. Yo me habÃa quedado dormida, y, en una especie de sueño sobresaltado, soñé que los caballos no avanzaban un paso, y, luego, me vi montada en un caballito-balancÃn. Mi madre me estaba riñendo porque levantaba una polvareda terrible en la sala. «Has echado a perder el dibujo de la alfombra», decÃa. Cuando me habÃa puesto a hacer pucheros, desperté y vi a Jim inclinado sobre mÃ; sonriendo con malicia.
—Si me descuido un poco... —dijo—. Te acabo de sujetar. ¿Qué te pasa? ¿Nos dormimos?