En una pension alemana

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—Anda, duérmete, criatura —dijo Alice, quitándole los calcetines y sacudiéndolos contra los barrotes de la cama—, y no te vayas a poner a gritar y despiertes a tu pobre papá.

Pero tuvo la misma pesadilla de siempre; el carnicero con el cuchillo y la cuerda que se le iba acercando y acercando, sonriéndole con aquella espantosa sonrisa, mientras que ella no podía moverse y tenía que estar allí inmóvil gritando:

—¡Abuelita! ¡Abuelita!

Y al despertarse temblando vio junto a su cama a papá con una palmatoria en la mano.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—El carnicero... con el cuchillo. Quiero que venga la abuelita.

Él apagó la vela de un soplo, se agachó, y tomándola en brazos, se la llevó por el pasillo adelante hasta su cuarto, aquel cuarto tan grande. Sobre la cama había un periódico, y un puro a medio fumar hacía equilibrios sobre la lámpara de cabecera. Tiró al suelo el periódico y arrojó el puro a la chimenea. Luego, cuidadosamente, arropó a la niña y se acostó a su lado. Medio dormida aún, todavía con la sonrisa del carnicero rondando en torno de ella, casi sin darse cuenta, se fue deslizando hacia él, acomodó su cabecita bajo su brazo, y se asió fuertemente a la chaqueta de su pijama.


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