En una pension alemana

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Entonces ya no le inquietó la obscuridad y se quedó allí quietecita.

—Oye, frótate los pies contra mis piernas para que te entren en calor —dijo el padre.

Él estaba muy cansado y se durmió antes que ella. Y entonces experimentó una curiosa sensación. ¡Pobre papá! Después de todo, no era tan grande. Y no tenía a nadie que cuidara de él. Su cuerpo era más duro que el de la abuelita, pero de una dureza grata. Tenía que trabajar todo el día y se cansaba tanto que no podía hacer lo que hacía el papá de los MacDonald. Y ella había roto todos sus hermosos escritos. De pronto, se rebulló y dio un suspiro.

—¿Qué te pasa? —preguntó el padre—. ¿Otra pesadilla?

—No —dijo la niña—, que tengo la cabeza sobre tu corazón y lo estoy oyendo andar. ¡Ay, qué corazón tan grande tienes, papaíto!




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