En una pension alemana

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Se incorporó y quedó inmóvil, sin pensar en nada, con las manos coloradotas y tumefactas bajo el delantal y los pies asomando por debajo de él. De su cabecita caía una apretada espiral de negros cabellos sobre el pecho. El reloj de la cocina seguía con su tictac; la carbonilla humedecida crepitaba en el hogar, y la persiana golpeteaba contra la ventana. De súbito Millie se sintió aterrada. Empezó a notar un extraño temblor en el estómago que luego se fue propagando a las rodillas y a las manos. «Hay alguien por ahí.» Fue en puntillas a la puerta y miró dentro de la cocina. No había nadie; las puertas de la veranda estaban cerradas, las cortinas bajadas, en la semiobscuridad blanqueaba la pálida faz del reloj, y los muebles parecían combarse y respirar... Y escuchar también. El reloj, las cenizas, las persianas y luego, otra vez, algo así como pisadas en el corral. «Ve a ver lo que es, Millie Evans.»

Se abalanzó hacia la puerta trasera, la abrió, y, en aquel momento, pudo ver a alguien que se agachaba tras la pila de la leña.

—¿Quién anda ahí? —gritó con voz fuerte y decidida—. ¡Salga! ¡Le he visto; sé dónde está! ¡Tengo un rifle! ¡Salga de detrás de esa pila de leña!

No estaba asustada en absoluto, sino enojada y enfurecida. Su corazón repicaba como un tambor.


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