En una pension alemana
En una pension alemana —Voy a enseñarle a dar sustos a las mujeres —vociferó.
Cogió el rifle del rincón de la cocina, bajó precipitadamente los peldaños de la veranda, y cruzó el patio deslumbrante de sol, hasta colocarse al otro lado del montón de leña. Allí estaba un joven tirado boca abajo cubriéndose la cara con un brazo.
—¡Arriba! ¡No finja más!
Apuntando aún con el rifle le dio con el pie en la espalda. No se movió. «Dios mío, debe de estar muerto.» Se arrodilló, lo asió y, al darle vuelta, rodó como un saco. Agachándose se quedó mirándolo en cuclillas, con los labios y las aletas de la nariz estremecidos de horror.
Era casi un niño, con los cabellos rubios y un leve bozo sobre el labio y el mentón. Tenía los ojos abiertos, vueltos hacia arriba, mostrando la esclerótica, y el rostro estaba salpicado de pellas de polvo amasado con sudor. Llevaba camisa y pantalones de algodón, y zapatos de playa. El pantalón se le había pegado a una de las piernas, y estaba manchado de sangre negruzca. «No puedo», se dijo Millie, y luego: «Lo has conseguido.» Se inclinó sobre él y le palpó el corazón.
—Un momento —murmuró—, un momento.