En una pension alemana
En una pension alemana Corrió a la casa para traer aguardiente y un cubo de agua. «¿Qué vas a hacer, Millie Evans? No lo sabes, no habías visto hasta ahora a nadie desmayado en trance mortal.» Se arrodilló, le pasó un brazo tras la cabeza y vertió en sus labios unas gotas de aguardiente, que se escurrieron por las comisuras de la boca. Humedeció una punta de su delantal en el agua y con dedos temblorosos le enjugó la cara, la cabeza y el cuello. Bajo el polvo y el sudor, el flaco rostro del muchacho aparecía tan blanco como el delantal, y estaba surcado con leves arrugas. Un sentimiento extraño y terrible hizo presa en el corazón de Millie; cierta simiente que nunca había germinado en él, ahora se expandía, echando profundas raíces y hojas que brotaban dolorosamente.
—¿Va volviendo en sí? ¿Se siente ya bien?
El muchacho respiró profundamente, como si estuviera medio asfixiado, sus párpados temblaron y movió la cabeza de un lado para otro.
—Está mejor —insistió Millie, acariciándole el cabello—. Se siente bien ya, ¿eh?
La angustia de su pecho la sofocaba. «No viene a qué llorar, Millie Evans. Tienes que conservar la cabeza.» Repentinamente él se sentó, reclinándose en la pila de leña, distanciado de ella, mirando al suelo.
—¿Qué? —preguntó Millie con voz rara y temblorosa.