En una pension alemana

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El muchacho se volvió a mirarla, sin decir palabra, pero en sus ojos había tal angustia y terror, que ella tuvo que apretar los dientes y cerrar los puños para no gritar. Tras larga pausa, con vocecilla de niño que habla entre sueños, dijo:

—Tengo hambre.

Y al decirlo los labios le temblaban. Ella, puesta en pie, permaneció a su lado.

—Venga en seguida a casa y siéntese a la mesa —dijo—. ¿Puede andar?

—Sí —susurró.

Y vacilante la siguió por el patio resplandeciente de sol hasta la veranda. Pero en el primer escalón se detuvo y se la quedó mirando otra vez.

—No quiero entrar —dijo, sentándose en la escalera de la veranda, en aquella pequeña zona de sombra que había junto a la casa.

Ella lo estuvo observando.

—¿Cuánto tiempo hace que no ha comido?

Él hizo un gesto vago con la cabeza y ella se fue a cortar una tajada bien grasa de cecina y una rebanada de pan que embadurnó con mantequilla. Pero cuando fue a llevárselo lo encontró en pie, mirando en derredor, sin reparar en el plato de comida.

—¿Cuándo volverán? —murmuró.


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