En una pension alemana

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En aquel momento ella comprendió, Se le quedó mirando fijamente con el plato en la mano. Era Harrison, el inglesito presumido que mató al señor Williamson.

—Ya sé quién es —le dijo pausadamente—. No puede engañarme. Es usted. Debo de haber estado enteramente ciega para no haberme dado cuenta en seguida.

Él hizo un gesto con las manos, como si todo aquello no tuviera importancia.

—¿Cuándo volverán?

Y ella estuvo a punto de responder: «De un momento a otro. Ya están en camino.» Pero en lugar de ello, mirando aquel rostro temeroso y aterrado, repuso:

—No volverán hasta las diez y media.

Él se sentó recostado en uno de los pilares de la veranda con el rostro estremecido por leves temblores. Tenía los ojos cerrados y las lágrimas le corrían por las mejillas. «No es sino una criatura. Y todos persiguiéndole. Y sin más posibilidades de escapar de las que tendría una criatura.»

—Pruebe a comer un poco de cecina —dijo Millie—. Es el alimento que le conviene. Algo que le siente el estómago.

Cruzó la veranda y se sentó a su lado, con el plato en las rodillas.

—Ande, pruebe un poco.


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