En una pension alemana

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Partió en pequeños trozos el pan con mantequilla diciéndose: «No lo cogerán, no, si yo puedo evitarlo. Los hombres son todos bestias feroces. No importa lo que haya hecho o dejado de hacer. Ayúdale, Millie Evans, no es sino una criatura enferma.»

Millie, tendida de espaldas, con los ojos bien abiertos, estaba escuchando. Sid se dio vuelta, se cubrió la espalda con el cobertor y murmuró:

—Buenas noches, chica.

Estuvo oyendo a Willie Cox y a los otros muchachos que dejaban sus ropas en el suelo de la cocina, y después sus voces, cuando Willie dijo a su perro: «Échate, Gumboil, échate, diablillo.» La casa quedó en calma. Ella seguía tendida escuchando, mientras pequeñas sacudidas estremecían su cuerpo. Hacía calor y no se atrevía a moverse por no despertar a Sid. «Es preciso que huya, es preciso. No me importa nada eso de la justicia y todas las demás sandeces que han estado vociferando esta noche», se dijo con fiereza. «Debierais esperar a conocer las cosas antes de decidir sobre ellas. Todo sandeces.» Tuvo que hacer un esfuerzo para no hablar. Él debía estar ya actuando. Antes se había oído fuera ruido, y Gumboil, el perro de Willie Cox, se había levantado y cautelosamente cruzó veloz la cocina para olfatear la puerta trasera. Millie empezaba a sentirse aterrada. ¿Qué estaba haciendo aquel perro?


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