En una pension alemana

En una pension alemana

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Oh, qué tonto aquel chico, andar por ahí habiendo un perro. ¿Por qué no dormía? El perro se había quedado quieto, pero ella comprendió que seguía vigilante.

Súbitamente, con un estrépito que le hizo dar un grito de horror, el perro se puso a ladrar corriendo de un lado para otro. Sid se tiró de la cama.

—¿Qué es? ¿Qué ocurre?

—Nada. Es Gumboil. ¡Sid, Sid!

Ella le asió de un brazo, pero él la rechazó.

—¡Cristo! ¿Ocurre algo?

Sid se había puesto los pantalones. Willie Cox había abierto la puerta trasera, y Gumboil, rabioso, se había lanzado al corral y había dado vuelta a la casa.

—Sid, hay alguien en el prado —gritó otro muchacho.

—¿Quién es? ¿Quién anda ahí? —preguntó éste.

Se había lanzado hacia la entrada de la veranda, y desde allí gritaba:

—¡Eh, Millie, coge la linterna! Willie, algún puerco que se acaba de llevar un caballo.

Los tres se precipitaron fuera, en el momento en que Millie veía a Harrison cruzar el césped en el caballo de Sid, y salir al camino.

—Millie, trae esa condenada linterna.


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