En una pension alemana

En una pension alemana

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El enanito se hizo a un lado, se inclinó, y entró tras de mí, cerrando las puertas. Ascendimos muy lentamente con el acompañamiento de estornudos prolongados y entre silbantes sorbetones. Me dirigí a la parte superior de la gorra de visera:

—¿Está usted resfriado?

—Son las corrientes, Madame —replicó hablando por la nariz con tono de reprimido contento. Aquí no está uno seco nunca. Tercer piso, si hace el favor —concluyó, estornudando sobre mis diez céntimos de propina.

Seguí un pasillo de baldosines decorado con anuncios de ropa blanca y de específicos para desarrollar los senos. Se me asignó una cabina de juguete, y una camisa estampada en azul, aconsejándome que me desvistiera y fuese a la cámara templada lo antes posible. A través de los tabiques de madera ensamblada, todo a lo largo del corredor, se oían gritos, risas y retazos de conversaciones.

—¿Estás lista?

—¿Vas a salir ya?

—Espera hasta que vaya yo allí.

—¡Berthe, Berthe!

—Un momento, un momento. En seguida.

Me desvestí pronta y descuidadamente, con la sensación de formar parte de un grupo de colegialas a quienes se hubiera dado suelta en una piscina.


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