En una pension alemana

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La cámara templada no era muy amplia. Por las paredes color de barro cocido corría una franja de pavos reales, y por el techo de vidrio se podía ver un cielo pálido e irreal como el de un fondo de fotógrafo. Había esparcidos algunos veladores con manoseadas revistas de modas; en un estanque de mármol, lirios amarillentos, y, sentadas en altas sillas cubiertas con toallas, numerosas damas con la apariencia de dichas lánguidas flores. Me tendí de espaldas con un paño sobre la cara, y aquella atmósfera con olor a selva, a circo romano y a colada, hizo que empezara a soñar. Sí, debía de ser algo muy atractivo el casarse con un explorador y vivir en la selva; siempre y cuando no disparara sobre ningún bicho viviente y no apresara ninguno tampoco. Detesto las fieras amaestradas. ¡Ay, esos circos ambulantes! La tienda de lona en el prado, y los chicos pululando y trepando a la valla para ver los carromatos o al payaso que se maquilla ante un cacho de espejo colocado sobre una rueda del carro. Y el órgano de vapor tocando La madreselva y la abeja a paso de carga, una y otra vez. Ya sé lo que esa música me recuerda: un juego de «haz lo que yo haga» entre ropas colgadas a secar.





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