En una pension alemana

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La puerta se abrió, y entraron dos mujeres altas y rubias con batas a cuadros rojos y blancos, que tomaron asiento frente a mí. Una de ellas llevaba una caja de mandarinas envueltas en papel de plata, y la otra un estuche de manicura. Eran muy robustas, tenían caras risueñas y atrevidas y magníficas matas de pelo rubio exquisitamente cepilladas.

Antes de tomar asiento echaron una ojeada en derredor, mirando a las otras mujeres de arriba abajo, volviéndose la una hacia la otra, riéndose con malicia y cuchicheando. Una de ellas dijo, ofreciendo a su compañera la caja:

—¿Quieres una mandarina?

Al decir esto, se echaron a reír de tal modo que quedaron acostadas de espaldas y estremecidas. Y cada vez que se miraban la una a la otra la risa estallaba otra vez.

—Ay, esto sí que es estupendo —exclamó una de ellas enjugándose los ojos con mucho cuidado; sólo los lagrimales—. Tú y yo venimos aquí muy serias, ya sabes, muy correctas, miramos en torno de la habitación, y... y... como resultado de nuestra cuidadosa inspección, te ofrezco una mandarina. Ay, es demasiado cómico. Tengo que recordarlo. Es como para un número de music-hall. «¿Quieres una mandarina?»


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