En una pension alemana
En una pension alemana —Pero no puedo comprender —dijo la otra— por qué las mujeres tienen un aspecto tan horrible en los baños turcos. Parecen bistecs en camisa. ¿Será cosa de las mujeres o de la atmósfera? Mira aquélla, por ejemplo, aquella flacucha que está leyendo un libro y sudando a todo sudar. Y aquellas dos del rincón que discuten si deben o no deben decir a sus nenes aún en ciernes cómo nacen los niños. Y... ¡cielos! mira a esa que entra. ¡Toma la caja, hija mÃa! ¡Coge todas las mandarinas!
La recién llegada era bajita: una mujer pequeña, robusta y patiblanca; el pelo oculto bajo una gorra de baño impermeable. Se puso a andar de un lado para otro, balanceando los brazos, con afectado descuido, mirando despectivamente a las mujeres que reÃan. Llamó para que viniese la empleada y, casi inmediatamente, apareció Berthe, medio desnuda y salpicada de espuma de jabón.
—¿Qué quiere, Madame! No tengo tiempo...
—Haga el favor de traerme una toalla de manos —dijo la gorrita impermeable en alemán.
—Perdón. No entiendo. ¿No habla francés?
—No.
—Berthe —chilló una de las rubias—. ¿Quiere una mandarina? Oh, mon Dieu, voy a morirme de risa.
La gorrita impermeable hizo la pantomima de estar mojada y frotar para secarse. Verstehen Sie? [19].