En una pension alemana

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—Mais non, Madame —dijo Berthe mirándola con los ojos muy abiertos y chispeantes de risa.

Dejó a la gorrita impermeable, hizo un guiño a las rubias, fue hacia ellas, y, palpándolas como si fueran un par dé volátiles de precio, exclamó:

—Ustedes lo están haciendo muy bien —luego desapareció de nuevo.

La gorrita impermeable se sentó en el borde de una silla, arrebató de la mesa un periódico de modas, alisó las páginas crujientes e hizo como si leyera, en tanto las rubias comían mandarinas recostadas en sus sillas y arrojaban las pieles al estanque de los lirios. Un olor a fruta, fresco y penetrante, flotaba en el aire. Miré en torno, a las otras mujeres. Sí, estaban horribles; tendidas de espaldas, rojizas y húmedas, la mirada vacía, el cabello lacio. Los escasos restos de energía que les quedaban los invertían indignándose gazmoñamente con la conducta de las dos rubias. Súbitamente me di cuenta de que la gorrita impermeable estaba mirándome por encima del periódico de modas, y de modo tan intenso que, emprendiendo la huida, entré en la cámara caliente. Pero en vano. Ella me siguió y se me plantó delante.


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