En una pension alemana
En una pension alemana —Sé que usted habla alemán —me dijo confidencial y confiadamente—. Lo acabo de leer en sus ojos. ¿No es escandaloso que la encargada me haya negado una toalla? Voy a decÃrselo al gerente y haré que mi marido les escriba una carta esta misma tarde. Hay cosas que está mejor que las hagan los hombres, ¿verdad? No —añadió frotándose sus brazos amarillentos—, no habÃa estado nunca en un sitio tan escandaloso como éste. Y cuatro cincuenta. Naturalmente, no daré propina. ¿Usted la darÃa? ¿Después del escándalo de la toalla? No. Y también me están dando ganas de quejarme de esas dos. Esas que están allÃ, comiendo y riéndose. ¿Sabe usted quiénes son? No son mujeres honradas —añadió moviendo la cabeza—, se puede asegurar con sólo mirarlas. Al menos yo lo asegurarÃa, y cualquier mujer casada también. No son sino un par de mujeres del arroyo. En mi vida se me ha insultado de ese modo. ¡ReÃrse de mÃ, fÃjese usted! Unas puercachonas como ésas. Y no he sudado como debiera, sólo por ellas. Me he enfadado tanto, que el sudor en vez de salir afuera se me ha retirado. Ya sabe que eso ocurre a veces, cuando una se excita. Y ahora, en lugar de curarme el resfriado, no tendrÃa nada de particular que empezara a tener fiebre.