En una pension alemana

En una pension alemana

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Anduve dando vueltas por la cámara caliente, desesperada y perseguida por la gorrita impermeable, hasta que las dos rubias entraron y, al verla, se echaron otra vez a reír a carcajadas. Ella, para mi mayor contrariedad, se puso a andar de lado, mirándome, riéndose significativamente y torciendo la boca.

—No me importa —dijo con su horrible vocecilla alemana—. Sería rebajarme demasiado el prestar atención a un par de mujeres del arroyo. Si mi marido lo supiera, no lo consentiría. Es terriblemente quisquilloso. Llevamos seis años casados. Vinimos de Pfalzburg, una ciudad muy bonita. Tengo cuatro hijos vivos y es precisamente para reponerme del golpe que sufrí con el quinto, por lo que vengo aquí. El quinto —me susurró, andando sigilosamente tras de mí— era una criatura sana y hermosa cuando nació, pero no llegó a respirar. Bueno, después de nueve meses una mujer no puede menos de sentirse decepcionada. ¿No le parece?

Fui hacia la cámara de vapor.

—¿Va a entrar? —inquirió—. En su lugar no entraría. Ésas dos están ahí; pueden creerse que quiere usted hacer amistad con ellas. No sabe una nunca cómo son esas mujeres.

Salían en aquel momento, envolviéndose en sus túnicas afelpadas, y pasaron ante la gorrita impermeable como reinas desdeñosas.


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