En una pension alemana

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—¿Se ya a quitar la camisa en la cámara de vapor? A mí no me importa, ¿sabe usted? La mujer es mujer, y además, si lo hiciera, yo no tengo por qué mirarla. La comprendo; yo era también así. Podría apostar —añadió furiosa— que esas dos cochinas se han estado mirando a placer. ¡Puah!, mujeres así... No puede una darse por ofendida. Y son espantosas, ¿verdad? Tan descaradas y con todos esos cabellos postizos. ¿Y ese estuche de manicura que llevaba una de ellas con aplicaciones de oro? Bueno, no creo que sea oro de ley, pero me parece de mal gusto traerlo. Lo menos que puede hacer una es cortarse las uñas en privado, ¿no le parece? No acabo de comprender —prosiguió— lo que ven los hombres en estas mujeres. No, lo que necesita una mujer es marido, hijos y un hogar de que cuidarse. Y eso es lo que dice mi esposo. ¿Puede usted imaginar a una de esas pécoras pelando patatas o comprando carne? Pero ¿se va ya?








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