En una pension alemana

En una pension alemana

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Corrí a buscar a Berthe, y durante todo el tiempo que me estuvo enjabonando, frotando y rociando, hasta que al fin me lancé a la pila de agua fría, no pude apartar de mi pensamiento la fea y desdichada imagen de la alemanita con su marido y los cuatro hijos, despotricando contra las dos beldades que no habían pelado nunca patatas ni sabían comprar carne. En la antecámara las volví a encontrar. Estaban vestidas de azul. Una se sujetaba con alfileres un manojo de violetas, y la otra se abotonaba un par de guantes de piel de Suecia color marfil. Charlaban, con las pieles y los encantadores sombreros de plumas puestos ya.

—Sí, ahí están —dijo una voz a mi lado.

Y allí estaba la gorrita impermeable transformada. Una blusa a cuadros azules y blancos con cuello de crochet; el breve talle y las anchas caderas de las mujeres alemanas, y en la cabeza un horrible nido de pájaros que en Pfalzburg sin duda llamarían Reisehut [20].

—¿Cómo cree usted que puedan comprarse ropas así? ¡Qué espantosas y despreciables criaturas! ¡Vamos! Bastaría con verlas para hacer que una jovencita pensara despacio las cosas.

Y cuando las dos salieron de la antecámara, la gorrita impermeable se las quedó mirando con su rostro demacrado, todo ojos y boca, como la cara de un niño hambriento frente a la mesa donde no puede sentarse.


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