En una pension alemana

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Henry echó a correr. Un hombre con una bandera y un silbato que iba a cerrar una portezuela, lo atrapó como pudo. La portezuela se cerró tras él de golpe y Henry se encontró en un compartimiento donde no se podía fumar y en el que no había ni rastro de su sombrero de paja, de su carpeta negra, ni de los guantes que le regalara en Navidad su tía B. En lugar de todo ello, en el ángulo opuesto, junto a la pared, había sentada una muchacha. Henry no se atrevía a mirarla; pero estaba seguro de que ella le estaba mirando. «Debe de creer que estoy loco —pensó—. ¿A quién se le va a ocurrir entrar así, de sopetón, sin sombrero y además cuando va a obscurecer?» Se sentía bastante extraño, y no sabía cómo sentarse ni cómo poner las piernas. Se metió las manos en los bolsillos y trató de aparentar una indiferencia absoluta, mirando con ceño fruncido una gran fotografía de la Abadía de Bolton. Pero sintiendo que los ojos de ella le miraban fijamente, le echó nada más que un vistazo. Ella, muy apresurada, se puso a mirar por la ventanilla y Henry, pendiente de su más leve movimiento, siguió mirándola. Se hallaba sentada, comprimida contra la ventanilla, la mejilla y el hombro semiocultos por las largas ondas de sus cabellos, unos cabellos tan rubios y encendidos como la flor de la caléndula. Una de sus manos minúsculas, enguantadas de gris algodón, sostenía un maletín de cuero con las iniciales É. M., mientras que la otra la había deslizado en el lazo que formaba la correa de la ventanilla. Henry notó que en su pulsera tintineaban un diminuto cencerro suizo, un zapatito y un pez de plata. Llevaba un abrigo verde y un sombrero adornado con una guirnalda. Y veía todo esto, teniendo en la memoria el título del poema que acababa de leer: Algo infantil, pero muy natural. «Debe de ir a algún colegio de Londres —pensó—. O trabajará en alguna oficina. Pero no, es demasiado joven. Además, de ser así, llevaría el pelo recogido. Mas ni siquiera lo lleva trenzado.» Le era imposible apartar los ojos de aquella hermosa cabellera ondulada. «Mis ojos son como dos abejas ebrias. Bueno, ¿he leído yo esto, o acabo de inventarlo?»


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