En una pension alemana

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En aquel momento la muchacha se volvió, y, al ver que él la miraba, se sonrojó, inclinando la cabeza para ocultar los colores que le salían a las mejillas. Y Henry, terriblemente azarado, se sonrojó también. «Tengo que hablarle, sí, tengo que hablarle.» Al ir a hacerlo fue a quitarse el sombrero, pero no lo llevaba y esto le resultó divertido y le dio ánimos.

—Yo... yo lo siento muchísimo —dijo sonriendo al sombrero de la muchacha—, pero no puedo seguir aquí sentado en el mismo compartimiento con usted sin explicarle por qué he penetrado de ese modo tan brusco y sin sombrero además. Sin duda le he dado un susto y además ahora mismo la estaba mirando. Pero ése es uno de mis mayores defectos; soy un mirón incorregible. ¿Me permitiría que le explicara? Que le explicara cómo entré aquí, no las miradas, claro —añadió con una risita—. Voy a hacerlo.

De momento ella no replicó, pero luego con una voz queda y tímida dijo:

—No tiene importancia.




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