En una pension alemana
En una pension alemana El tren había dejado atrás tejados y chimeneas, y, trepidando, entraba campo adelante, entre obscuros bosquecillos, praderas descoloridas y charcos que relucían bajo el cielo del atardecer color de albérchigo. El corazón de Henry se puso a saltar y a golpetear al compás del golpeteo del tren. No podía dejar la cosa así. Pero ella estaba allí sentada tan quieta, oculta tras la cascada de sus cabellos... Él comprendía que era absolutamente indispensable que alzara los ojos para mirarle, que comprendiese... Al menos, que comprendiese. Inclinado hacia delante, cruzó las manos sobre las rodillas.
—Ya ve usted. Acababa de dejar todas mis cosas y una carpeta en una tercera para fumadores, y había ido a echar un vistazo al puesto de los libros...
A medida que se lo iba contando ella alzaba la cabeza. Pudo ver sus ojos grises bajo las penumbras del sombrero y sus cejas como dos plumas de oro. Tenía los labios levemente separados. Y, casi sin saber cómo, se percató de que llevaba un ramillete de primaveras, de que su cuello era blanquísimo y el óvalo de su rostro maravillosamente delicado contrastando con la cabellera de fuego. «Qué bonita es, qué sencillamente bonita», cantaba el corazón de Henry, y sintió que le crecía al compás de aquellas palabras, haciéndose grande, muy grande y muy tembloroso, como una gran burbuja, a tal punto que no se atrevía a respirar por miedo de que le estallara.