En una pension alemana

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—Espero que en la carpeta no habría nada de valor —dijo la muchacha, muy seria.

—Nada, sólo unos dibujos tontos que había sacado de la oficina —replicó él jovialmente—. Y casi me alegro de haber perdido mi sombrero. Me había estado haciendo daño en la frente todo el día.

—Sí —repuso ella, casi sonriendo—, le ha dejado una señal.

¿Por qué aquellas palabras hicieron que Henry se sintiera de pronto tan desembarazado, tan dichoso, tan tremendamente contento? ¿Qué había ocurrido entre ellos? Ambos callaron, pero aquel silencio se le antojó a él viviente y cálido, y sintió que le envolvía de los pies a la cabeza con sus ondas temblorosas. Aquellas mágicas palabras: «Le ha dejado una señal» habían tendido entre ambos un lazo misterioso. Ya no podían sentirse extraños el uno al otro, al haber hablado ella con tanta naturalidad. Y ahora le sonreía efectivamente. La sonrisa le bailaba en los ojos, se le subía a las mejillas y a los labios y allí permanecía. Él se echó hacia atrás mientras que de sus labios se escapaban estas palabras:

—¿Verdad que la vida es maravillosa?

En aquel momento la máquina se precipitó dentro de un túnel y oyó cómo ella, inclinada hacia delante, alzaba la voz en medio del ruido del tren.


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