En una pension alemana
En una pension alemana —SÃ, sà lo estás, Henry.
—No, de veras —y se quedó mirando las rosas que ella tenÃa en las manos.
—Bueno, ¿estás contento?
—SÃ, ahà viene la orquesta.
ObscurecÃa cuando salieron del concierto. Sobre las calles y las casas pendÃa como un tul de azulosa claridad, y nubes rosáceas flotaban en el cielo pálido. A medida que avanzaban por la calle, Henry tuvo la impresión de que eran algo muy insignificante y muy desamparado. Por primera vez desde que habÃa conocido a Edna, se sentÃa deprimido.
—¡Henry! —dijo deteniéndose de pronto y mirándole fijamente—. Henry, no me acompañes a la estación. No, no es preciso que esperes por mÃ, déjame, por favor.
—¡Dios mÃo! —exclamó él asustado—. Edna, ¿qué te pasa? ¿Qué te he hecho, Edna?
—No, nada, pero vete.
Y, volviéndose, cruzó la calle corriendo y entró en unos jardinillos encuadrados por una pequeña verja, sobre la cual se reclinó ocultando el rostro entre las manos.
—¡Edna, Edna, mi pequeña Edna! ¿Por qué lloras?
Ella, con los brazos apoyados en la barandilla, seguÃa sollozando inconsolable.