En una pension alemana
En una pension alemana —No llores más, Edna. Yo tengo la culpa de todo. Soy un idiota, un condenado idiota. Te he estropeado la tarde. Te he estado molestando con mi necia y maldita groserÃa. SÃ, eso ha sido. ¿Verdad, Edna? ¡Ah, cuánto lo siento!
—¡Cuánto siento hacerte sufrir asÃ! —replicó ella sollozando—. Cada vez que me pides que te deje cogerme la mano o besarme, darÃa mi vida por poderlo hacer, por permitÃrtelo. Pero, no sé por qué, me es imposible —y añadió con altivez—. No es que te tenga miedo, nada de eso. Es algo que ni yo misma comprendo. Déjame tu pañuelo, Henry. En el concierto he estado todo el tiempo obsesionada con esto, y cada vez que nos vemos sé que tiene que suceder. Hasta he llegado a creer que si lo hiciéramos, bueno, si nos cogiéramos las manos y nos besásemos, se acabarÃa todo y que ya no serÃamos libres como lo somos ahora; que serÃa hacer algo a escondidas. Ya no nos sentirÃamos como dos criaturas. ¡Qué tonterÃa!, ¿verdad? Me encontrarÃa ante ti cohibida, avergonzada, y como tú y yo somos como somos, creo que no debemos dejar que esto ocurra.
Ella se habÃa vuelto hacia él para mirarle, oprimiéndose las mejillas con las manos, de aquella manera que él conocÃa tan bien, y tras ella, como en sueños, vio el cielo, la blanca media luna y los árboles del jardinillo, cuyas yemas aún estaban cerradas. Y se quedó enrollando y desenrollando el programa del concierto.