En una pension alemana
En una pension alemana —Henry; me entiendes, ¿verdad?
—SÃ, creo que sÃ. Pero no volverás a atemorizarte por eso, ¿verdad que no? —y tratando de sonreÃr—. Olvidémoslo, Edna, no volvamos a hablar más de ello. Vamos a enterrar eso aquÃ, en este mismo jardÃn, ahora mismo, entre los dos. ¿No te parece?
—Pero —preguntó ella mirándolo de frente—, ¿me querrás menos por eso?
—Oh, no. Por nada, por nada del mundo, podrá eso ocurrir.
Londres se convirtió para ellos en campo dé sus correrÃas. Las tardes del sábado las dedicaban a la exploración. Y descubrieron tiendas, sus tiendas, donde compraban cigarrillos y dulces para Edna. Su saloncito de té, con su mesa, sus calles, y una noche, mientras en casa de Edna la imaginaban asistiendo a una conferencia en el Politécnico, descubrieron su pueblecillo. Fue el nombre lo que les incitó a ir allÃ. Henry le habÃa dicho a Edna:
—En ese nombre hay patitos blancos, y un rÃo, y casitas bajitas con viejecillos sentados a la puerta, viejos marinos de pata de palo que dan cuerda a sus relojes. Y hay tiendecitas con quinqués tras las vidrieras.