En una pension alemana
En una pension alemana Ella se había quitado el sombrero arrodillada junto a él. Luego, poco a poco, sus pasos fueron dejando de oírse. Ahora el bosque estaba silencioso; sólo se escuchaba el rumor de las hojas. Pero él sabía que ella no estaba lejos, y se estiró un poco hasta tocar con las yemas de los dedos su chaqueta color rosa. Aquella mañana se sentía tan raro desde que despertó, como si aún no hubiera vuelto del todo a la realidad, y siguiese soñando. Antes de conocer a Edna todo había sido un sueño, y ahora ella y él seguían soñando juntos, mientras que no sabía dónde, en algún paraje tenebroso, otro sueño le estaba esperando. «Pero no, eso no puede ser de verdad, porque no puedo concebir el mundo sin nosotros. Siento que nosotros dos representamos algo; algo que ha de existir de un modo tan natural como existen los árboles, los pájaros, las nubes.» Intentó recordar cómo era antes de conocer a Edna, mas le fue imposible retornar a aquellos tiempos. Ella los eclipsaba con su cabellera fulgurante y extraña; con aquella singular y soñadora sonrisa que lo colmaba todo. Henry respiraba en ella, se nutría de ella, en ella apagaba su sed. Por donde fuera llevaba en torno suyo el halo resplandeciente de Edna, que mantenía al mundo alejado de él o comunicaba su belleza a cuanto tocaba. «Mucho tiempo después de que tu risa ha cesado... —le decía—, puedo oírla circular por mis venas, y sin embargo, ¿seremos sólo un sueño?» De pronto, se vio a sí mismo y a Edna como dos niñitos que fueran por la calle, mirando los escaparates, comprando cosas con que jugar, charlando, sonriendo. Hasta se le representaron los ademanes, las actitudes que solían adoptar cuando quedaba el uno frente al otro tan inmóvil... Y entonces, desfallecido de deseo, se volvió para hundir su rostro en la hojarasca. Quería besarla, abrazarla, estrecharla contra él y sentir su cálida mejilla contra sus labios. Besarla hasta quedar sin aliento, y así sofocar sus sueños.