En una pension alemana

En una pension alemana

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«No, no puedo seguir con esta hambre de ella», se dijo Henry, poniéndose en pie y corriendo en la dirección que Edna había tomado. Había ido bastante lejos. La divisó de rodillas en una verde hondonada, y ella al verle le hizo señas con la mano, diciendo: —Ven, Henry, ¡qué hermosura! No había visto nunca cosa igual. ¡Mira, mira!

Pero cuando estuvo junto a ella, se hubiera dejado cortar una mano antes de enturbiar su felicidad. ¡Qué rara estaba Edna aquel día! Mientras le hablaba, sus ojos reían, mirándole risueños y burlones. En sus mejillas ardían dos rosetas como fresas.

—Quiero cansarme —siguió diciendo—. Me gustaría recorrer el mundo entero, andar hasta caerme muerta. Anda, vamos, Henry. ¡Más de prisa! Si de pronto me echara a volar cógeme por los pies. ¿Me lo prometes? Si no, no podría ya bajar al suelo. Y soy tan feliz —exclamó—. Tan enormemente feliz...

Llegaron a un paraje encantado, cubierto de maleza. Eran las primeras horas de la tarde. Sobre la púrpura de los brezos descendía a chorros la luz del sol.

—Vamos a descansar aquí un poco —dijo Edna, acomodándose entre los arbustos y tendiéndose.

—¡Ay, Henry! ¡Qué maravilla! Sólo se ven flores y cielo.


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