En una pension alemana

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Él se arrodilló a su lado, cogió del cesto unas primaveras y las enlazó formando una guirnalda que podía rodear el cuello de Edna.

—Me quedaría dormida —dijo ella.

Y arrastrándose hasta rozar las rodillas de Henry, quedó allí a su lado, oculta tras la cabellera.

—Es como estar en el fondo del mar. ¿No te parece, amor mío? Tan grato y tan silencioso.

—Sí —replicó Henry con voz extraña y ronca—. Ahora voy a hacerte otra de violetas.

Pero Edna se puso en pie diciendo:

—Vámonos.

Volvieron a la carretera y anduvieron un buen trecho. Ella declaró:

—No, no podría recorrer el mundo a pie. Ya estoy cansada —y, caminando por la hierba del borde del camino, añadió—: los dos estamos cansados, Henry. ¿Falta mucho?

—No sé, no mucho —repuso él, escudriñando la lejanía.

Siguieron caminando en silencio. Al fin ella dijo: —Ay, Henry, la verdad, está muy lejos. Estoy cansada y tengo hambre. Lleva este dichoso canastillo.

Y él lo tomó sin mirarla.

Llegaron por fin al pueblo. En una casita había un letrero que anunciaba: «Se sirven tés.»


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