En una pension alemana

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—Aquí es —dijo Henry—. He venido aquí muchas veces. Siéntate en ese banquito. Iré a encargar el té.

Ella quedó sentada en el banco del pequeño jardín, todo blanco y amarillo, todo rebosante de flores primaverales. La dueña salió a la puerta y, recostada en ella, les estuvo mirando mientras comían. Henry se mostró muy amable con aquella mujer, pero Edna no dijo una sola palabra.

—Ya hacía tiempo que no venía por aquí —exclamó la buena señora.

—Sí... pero, ¡qué bonito está el jardín!

—No está mal. ¿Es hermana suya la señorita?

Henry lo afirmó con un gesto de cabeza, mientras se servía la mermelada.

—Se parecen algo —observó la mujer.

Y bajando al jardín, cortó unas flores blancas de junco oloroso y se las dio a Edna.

—¿No saben ustedes de alguien que quiera alquilar una casita? —preguntó—. Mi hermana se ha puesto enferma y me ha dejado la suya; quisiera alquilarla.

—¿Por mucho tiempo? —preguntó Henry cortésmente.

—Bueno —repuso la mujer indecisa—, depende.

—Pues, sí, acaso logre encontrar alguien que... ¿podríamos ir a verla?


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