En una pension alemana

En una pension alemana

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—Sí, está un poco más abajo, una casita que tiene unos manzanos delante. Voy a buscar la llave.

Cuando la mujer se alejó, él volviéndose hacia Edna le preguntó:

—¿Quieres venir?

Edna asintió. Siguieron carretera adelante, entraron por la puerta del jardín, avanzaron por un caminillo donde la hierba había crecido, entre árboles en flor, blancos y rosados. Era pequeñita; dos habitaciones abajo y otras dos arriba. Ella estaba reclinada contra el alféizar de la ventana más alta, cuando Henry se detuvo en la puerta del cuarto para preguntarle:

—¿Te gusta?

—Sí —y le hizo sitio en la ventana a su lado—. Ven a ver. ¡Qué preciosidad!

Él se acercó y se asomó. Abajo, los manzanos se movían agitados por una leve brisa que despeinó a Edna y le echó un mechón de pelo sobre los ojos. Los dos quedaron inmóviles. Atardecía. El cielo, de un verde pálido, estaba salpicado de luceros.

—¡Mira, Henry! —dijo ella—. Las estrellas.

—Dentro de un momento saldrá la luna —replicó él.

Ella no parecía haberse movido, pero estaba apoyada contra el hombro de Henry, y él le pasó el brazo en torno de la cintura.


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