En una pension alemana
En una pension alemana —¿Son manzanos todos esos árboles? —preguntó ella con voz trémula.
—No, amor mÃo. Unos están llenos de ángeles, otros de almendras garrapiñadas. La luz del crepúsculo es muy engañosa.
Edna suspiró:
—Henry, no podemos estar aquà más tiempo.
Él la dejó ir, y ella quedó en medio de la habitación en sombras arreglándose el cabello.
—¿Qué te ha ocurrido hoy durante todo el dÃa?
Y sin esperar su respuesta corrió hacia él y le echó los brazos al cuello, reclinando el rostro en su hombro.
—¡Ay, Henry! —murmuraba con voz entrecortada—. ¡Cuánto te quiero! Abrázame.
Él la estrechó entre sus brazos y ella, apoyada en él, le miró a los ojos.
—Qué dÃa más terrible, ¿verdad? —dijo Edna—. ComprendÃa lo que te pasaba y trataba de hacerte comprender por todos los medios que ya habÃa vencido aquella extraña impresión; que querÃa que me besaras.
—Eres perfecta —dijo Henry—, perfecta.