En una pension alemana
En una pension alemana De improviso, en la tienda vacía de la esquina, empieza a tocar un piano, y un violín y una flauta se le unen. En las vidrieras de los escaparates se ha pintarrajeado: «Nuevas canciones.» «Primer piso.» «Entrada gratis.» Pero las ventanas del primer piso están abiertas y nadie se molesta en subir. La gente anda rondando por ahí, riéndose con sorna de las ásperas voces que flotan en la tarde cálida y lluviosa. A la puerta hay un hombre flaco con unas rotas zapatillas de orillo. En el ala averiada de su sombrero ha hincado una pluma; una pluma magnífica. Y ¡con qué arrogancia la lleva! Luce unas doradas charreteras, un levitín militar, guantes blancos de cabritilla y bastón dorado. Y cómo fanfarronea bajo aquel atuendo. Y qué amplia y rica le sale del pecho la voz. «¡Suban, suban! ¡Nuevas canciones! Todos son cantantes de reputación europea. La famosa orquesta no tiene igual. Puede estarse todo el tiempo que se quiera. Es una ocasión única en la vida. Si la pierde no volverá a encontrarla.» Mas nadie se mueve. ¿Para qué? Conocen de sobra aquellas muchachas, aquellas famosas artistas. Una va vestida de casimir crema y la otra de casimir azul. Ambas llevan sobre la oreja una rosa prendida en el cabello, obscuro y rizado. Conocen de sobra al pianista con botas de botones. La del pie izquierdo —la del pedal— abierta sobre el juanete del dedo gordo. Y al violinista que se muerde las uñas. Y los puños excesivamente largos del flautista. Todo eso es tan viejo como las nuevas canciones.