En una pension alemana
En una pension alemana Durante un buen rato la música sigue y la voz petulante continúa retumbando. Pero alguien ha bajado la escalera, y el voceador, sin perder su altivo empaque, desaparece. Cesan las voces. El piano, el violín y la flauta se van apagando y quedan en silencio. Sólo las cortinas del primer piso dan señales de vida al agitarse.
Sigue lloviendo, empieza a obscurecer. ¡Rosas! ¡Lirios! ¿Quién quiere comprar violetas?
¿Qué esperas, desdichada? ¿Hembra sentimental, hembra caduca? Acaba de hacer saltar las cuerdas de ese piano. Terminaré loca con tu interminable matraqueo. Mi corazón y hasta mis leves pulsos laten siguiendo el compás. Es de mañana. Estoy tendida en mi lecho vacío; un lecho inmenso como una llanura, y tan frío e inhospitalario. A través de las persianas sube la claridad del sol reflejada por el río, y fluctúa en el techo con ondas temblorosas. Llega de fuera un martillear lejano y allá abajo, en la casa, bate una puerta remota abriéndose y cerrándose. ¿Es ésta mi habitación? ¿Esas ropas plegadas sobre la silla son las mías? Bajo la almohada, símbolo y emblema de la soledad femenina, el tictac del reloj. El timbre se pone a escandalizar. ¡Ah, por fin! Salto de la cama y corro a la puerta. ¡Toca más, más de prisa! ¿Qué esperas?
—La leche, Mademoiselle —dice la portera mirándome con gravedad.