En una pension alemana
En una pension alemana —Ah, gracias —exclamo alborozada, agitando la botella—. ¿No ha habido carta para m�
—No, Mademoiselle.
—Pero... ¿ha pasado ya el cartero?
—Hace más de media hora, Mademoiselle.
Cierra. Quédate un momento en el minúsculo pasillo. Escucha... escucha su odioso matraqueo. Adúlala, sedúcela, implórale hasta que, sólo por una vez, toque aquella encantadora cosita para una sola cuerda. Mas en vano.