En una pension alemana

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Al otro lado del río, por el angosto sendero de losas que bordea la orilla, camina una mujer. Baja las gradas del Quai despaciosamente, con una mano en la cadera. Hace una tarde hermosísima; el cielo es lila y el río del color de los pétalos de las violetas. A lo largo del sendero hay árboles grandes y resplandecientes, empapados de luces trémulas, y los botes que bailotean en el río envían densas oleadas espumeantes que van a morir casi a sus pies. La mujer se ha detenido, se ha vuelto de pronto y se ha reclinado contra un árbol, cubriéndose el rostro con las manos; está llorando. Luego se ha puesto a pasear de un lado a otro retorciéndose las manos. Por último ha vuelto a reclinarse contra el árbol, de espaldas a él, con la cabeza erguida y las manos enlazadas, como si se reclinara contra algo muy querido. Sobre los hombros lleva un chal gris, y con sus extremidades se cubre el rostro, mientras se mueve a uno y otro lado.

Pero no se puede llorar eternamente; y al fin se torna grave y reposada. Se arregla los cabellos y las ropas y da unos pasos. ¡Ah!, ¡muy pronto; demasiado pronto! De nuevo vuelve a alzar los brazos, a agitarse. Otra vez se confunde con el tronco del árbol esbelto. En las casas aparecen cuadros de luz dorada. Los faroles del alumbrado público hacen relucir las hojas nuevas de los árboles. Amarillentos abanicos de luz iluminan los botes bailoteantes.


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